Vivimos tiempos de muchas etiquetas... quizá demasiadas.
Al parecer, la personalidad -y las personas- pueden ser narcisistas, dependientes, histéricas, tóxicas, obsesivas, bipolares, paranoicas... Pero ¿utilizamos bien -y para bien- estas etiquetas?
Los manuales de psicología están llenos de todos estos vocablos y lógicamente tienen su utilidad. Específicamente a los profesionales de la salud nos sirven para describir formas de percibir, pensar, sentir, actuar y empezar a comprender el mundo interno y externo de la persona que acompañamos.
Así, las etiquetas diagnósticas constituyen un mapa que, por otra parte, no conviene confundir con el territorio. Una persona es mucho más que un puñado de rasgos, por mucho que éstos la representen.
Personalmente, a pesar de ser psicóloga y manejarme en las categorías diagnósticas, me gusta tener presente que éstas no están exentas de peligros, tanto para los profesionales como para los pacientes o clientes.
A grandes rasgos las etiquetas tienen dos efectos (no excluyentes entre sí):
Por una parte, al obtener un diagnóstico la persona se siente comprendida y validada en su singularidad, relajando la tensión asociada a la vivencia que le preocupa. Ciertamente la etiqueta puede resultarle útil para comprender y aceptar su funcionamiento, aprendiendo a regularse mejor ante determinadas circunstancias. Esto puede ser de gran ayuda, especialmente cuando se trata rasgos minoritarios y poco comunes que habitualmente se critican y juzgan negativamente desde la norma social, que suele ser rígida y homogeneizadora.
Por otro lado, es también posible que la persona "se esconda" tras su etiqueta, utilizándola consciente o inconscientemente para justificar, excusar o imponer su forma de actuar o relacionarse. En el peor de los casos, la etiqueta funciona como un perpetuador de comportamiento, dificultando la evolución y la mejora personal.
Es por ello que los diagnósticos mal utilizados limitan el potencial de cambio y favorecen patrones rígidos de expectativa y comportamiento.
A nivel social, etiquetar a otras personas se está convirtiendo en una costumbre que a menudo es reduccionista y sesgada, ya que se trata de juicios basados en una pobre evidencia. A fin de cuentas, no debemos olvidar que cada persona es mucho más que las etiquetas que puedan describir algunas de sus partes.
Más allá de los trastornos mentales y del nivel de gravedad de los mismos, en ningún caso podemos considerar que una personalidad es mejor que otra. La clave está en comprender que la resiliencia y el desarrollo humano se caracterizan ante todo por la flexibilidad.
Cuando hablamos de personalidad, lo saludable no está tanto en mantener un patrón rígido, sino más bien en ser capaz de trascenderlo. O lo que es lo mismo, tener una personalidad lo más flexible posible. Si bien cada individuo posee ciertas tendencias básicas, la salud no florece luchando contra ellas: se basa más bien en un ejercicio de buscar la plenitud a partir de ellas.
Pero ¿cómo articular este movimiento?
En primer lugar, es necesario observar el patrón automático, revisando aquello que damos por hecho y cuestionando su utilidad y coherencia con respecto a nuestros valores, objetivos y sentido interno.
Además, conviene contemplar maneras alternativas de interpretar la realidad y de accionar sobre ella. En ello tiene especial impacto darse cuenta de que, realmente, existen múltiples opciones y, por tanto, capacidad para elegir.
Es también crucial abrirse a nuevas experiencias, dándote el permiso para ser y actuar de manera diferente a la habitual, adoptando nuevas formas de ver y vivir el mundo.
En suma, se trata de hacer un viaje de expansión, sea cual sea tu punto de partida, practicando el autoconocimiento y la autoaceptación en lugar de luchar por eliminar los rasgos indeseados.
Con todo, visualizo que la personalidad saludable es aquella que mantiene el equilibrio entre esencia (tu parte más auténtica) y ego (tus patrones aprendidos). Y esto pasa necesariamente por la flexibilidad.
De modo que, si de fomentar la salud se trata, más que centrarnos en aplicar(nos) etiquetas de moda, abogo por plantear(nos) preguntas como:
¿Cómo te sientes cuando las cosas no salen como esperabas?
¿Cómo manejas las situaciones que se escapan a tu control?
¿Cuánto necesitas cumplir una rutina detalladamente planificada para sentirte segur@?
¿Cómo te es de fácil adaptarte a nuevas ideas o formas de actuar, incluso si son diferentes de las tuyas?
¿Cómo te enfrentas a los cambios y desafíos de la vida?
¿Cuentas con capacidad para cambiar tus comportamientos?
Estas cuestiones son de gran interés para
fomentar tu autodesarrollo, así como para obtener observaciones interesantes de
los miembros de tu equipo si eres un@ líder consciente.